El arte callejero

Escrito por  Mar 16, 2018

Si uno quisiera una buena demostración de lo bueno que podría llegar a ser el Arte, ningún lugar puede ser mejor que el Centro de la Ciudad, que constantemente se reinventa y anuncia la presencia de una gran masa de novedades, eventos, exposiciones, casi todas ellas testimonio vívido de la medida en que el visitante conozca y el dueño del lugar tenga o no tenga la menor idea de lo que exhibe.

La obra Callejera es supremamente fuerte, todos estos tags siempre mostrando su cara agresiva o tierna, en ocasiones hasta despiadada, pero no se libra a la fácil simulación emocional que es del gusto institucional del publicista, ni del cinismo mimado o al sensacionalismo simplista que está por todas partes en la Colección de Muros sin nombre del centro de Medellín….

¿Qué importancia podría tener atribuirles a aquellas manos creadoras un nombre perdido? Los niños, cuando alguien les lee un libro, casi nunca piensan que detrás de esa historia que los atrapa haya un autor; la oyen y se apropian de ella como si la historia se hiciera sola y como si el espíritu del cuento fuera un viento que trae cosas, sonidos y palabras recogidos por la calle.

Los artistas modernos, en especial los vanguardistas, se entregaron a la imposible tarea de empaparse de modernidad renunciando, al mismo tiempo, a la sociedad de su época. Todos ellos rechazaron la tradición y buscaron nuevos horizontes morales. Esto fue lo que los hizo modernos. Odiaron el estilo de vida occidental, sus academias, su capitalismo, su burguesía y la monótona rutina que desecaba el espíritu y sumía en la apatía.

En estas calles, el transeúnte se enfrenta a obras que, al ilustrar con transparencia la nadería, la estulticia y el menosprecio por el talento y el sentido común, se convierten en las peores enemigas de la corriente que representan. Sin entrar en causticas que no tienen nada que ver con las obras sobre las que se discute, sin generalizar a partir de las excepciones afortunadas y sin acudir al auxilio de Foucault y Deleuze para refutar lo que salta a la vista; hemos sentido alguna vez en una galería de arte contemporáneo: el sinsabor de que cualquiera podría hacer "eso", el fastidio ante la retórica que pretende darle peso al vacío, y el deseo de tomar una escoba y un par de bolsas negras para completar una obra inconclusa. 

Tal vez, a la hora de la verdad, el hombre es apenas un marchante del montón, no demasiado brillante, que ni tiene ni se ha ganado el derecho a imponer un gusto en el territorio del modernismo tardío. Su ejercicio de mitificación ha sido apenas una carrera en un callejón sin salida.

Por Verónica Vergara González DAMN NORMA

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