Por Óscar Ignacio Arismendi Tobón

La Navidad y el Año Nuevo, son sonidos de abrazos, besos, aplausos y el jolgorio del brindis de gratos augurios. No son ruidos de estridente pólvora que horada cuerpos físicos y espíritus fiesteros, convirtiéndolos en doloroso llanto, en cuerpos y rostros desfigurados, en miembros mutilados. Ya no son rostros sonrientes, sino, muecas de llanto y dolor. Ya no será el abrazo familiar del reencuentro, sino el abrazo del sentido pésame por la ausencia. 

Cuantos niños y niñas,  esperan con desbordante alegría los traídos del 25 de diciembre, hoy, cuantos esperan desde una clínica con desbordante angustia y dolor, volver a recuperar su visión, sus oídos,  su miembro mutilado, su desfigurado y monstruoso rostro, porque el pensamiento del niño es inmediato. Cada niño quemado, es un atentado de sus propios padres. 

Y aquel joven, que a causa de la pólvora, sepultó su futuro, siendo él  su propio sepulturero. Y aquel adulto, que se exhibe como un héroe y, son precisamente los niños  los que copian su acción.  Cuántos de ellos, también sufriendo  las mismas consecuencias, y en estos hogares solo se escuchará el brindis del llanto y la desolación. 

Y qué decir de la fauna silvestre y las mascotas, también son seres vivos con órganos y sentidos. Basta con mirar al amanecer, todas esas avecillas  en las aceras de las grandes urbes,  que se desplomaron  estrelladas contra  las vidrieras  de las  grandes edificaciones. Y los abortos de tantos animales inducidos por la sobredosis de pólvora.  

El medio ambiente también sufre sus consecuencias,  y por ende, los seres vivos,  la alta polución y la capa de ozono herida gravemente por la mano del hombre. 

¿Por qué buscar la alegría en el peligro  en vez  de evitarlo?  Evítalo, y ahí, yace sonriente la alegría. 

Todo es un riesgo. Pero, el que quema pólvora es una amenaza, un cruento atentado contra si mismo, contra los suyos, la sociedad y la naturaleza. 

¿Por qué apagar la alegría con pólvora? Mejor, encenderla con el festivo abrazo en el marco de la unión familiar. El momento de la ficticia alegría, se convertirá en perenne tristeza, con recuerdos que hieren. 

Que en éstas festividades, observemos más niños y niñas felices recibiendo sus traídos, más no, tristes,  recibiendo atención médica en un pabellón de quemados. 

Más jóvenes entusiasmados preparando su futuro, en vez, de jóvenes desilusionados, aislados y frustrados y sin ningún interés futurista, a  causa  de las lacerantes y des figurativas quemaduras sufridas. 

Más adultos dictándoles  cátedra a sus hijos del peligro de la pólvora, en vez, de ser patrones que los incentivan hacia ella.    

La pólvora no es un juego, es un fuego desbastador que arruina y  desfigura. La pólvora no se previene, se rechaza. Por  qué   si sabemos de sus consecuencias  para qué ser la causa. Cosa de idiotas.

 

Por Angélica López Urrego

Érase una vez una gran pintora y escultora llamada Ana, amaba el arte, tenía 43 años y vivía con su madre y su hijo quién seguía los pasos de su madre, él era estudiante de artes plásticas en una de la mejores universidades de la ciudad. Ana era, además, profesora de artes de una academia en un barrio humilde de la ciudad. Las obras se destacaban y eran expuestas cada mes en los diferentes museos de la ciudad. Sus alumnos la admiraban por ser una gran maestra.

La época decembrina comenzó. Ana, junto con sus estudiantes, se preparaban para recibir la Navidad con un gran proyecto de arte. Todos estaban emocionados por exhibir su gran proyecto en el cual se demoraron todo un año    y que al fin presentarían a todo el barrio la noche de Navidad.

A las 7:30 de la noche del 24 de diciembre, todos los alumnos estaban alegres, porque al fin iniciaría la exposición de sus obras que habían hecho con tanto esfuerzo durante todo el año con la enseñanza de su maestra.

Cuando Ana y todos los estudiantes estaban listos para inaugurar la exposición con la comunidad del barrio, ocurrió algo inesperado. Un vecino que se encontraba en el lugar decidió prender un volador para celebrar este hecho. Ocurrió lo que nadie esperó que pasara. El volador se desvió de su destino dirigiéndose hasta  Ana, donde explotó. En ese momento, todo parecía una pesadilla. La alegría y las luces de Navidad se apagaron con este accidente.

Un mes después, Ana despertó en la cama de un hospital con la noticia de que no podría volver a ver nunca más en su vida. Por la gravedad de las quemaduras, perdió los dos ojos por culpa de una persona irresponsable.

Ana no volvió a ser la misma de antes. Aquel 24 de diciembre, su sueño de ser la mejor pintora y escultora murió junto con sus obras de arte que no volvieron a exhibirse. Ya nunca tuvo la capacidad para seguir creando arte, ni para seguir haciendo su trabajo de enseñar.

 

Por Carlos E. López Castro

Si el agua es vital para el ser humano, el exceso de agua en una tormenta es perjudicial y amenaza la vida. De la misma forma, la pólvora al utilizarla en la minería o para construcción de túneles y canales, es útil. Pero para fines bélicos o mal empleada en Navidad, causa tragedias y daños irreparables a la vida humana.

AYER EN EL MUNDO

Es mucho lo que se ha escrito sobre la historia y el descubrimiento de la pólvora. Pero en lo que más coindicen las diferentes versión es que fue descubierta por casualidad en China y Arabia entre los siglos VII y IX.

El verdadero uso militar de la pólvora vino dada por la interacción de este producto con las necesidades europeas. Como resultado de esta interacción llega el invento del cañón, igualmente controversial en sus orígenes, cuya primera referencia formal data del año 1313. La pólvora se fabricaba en Inglaterra en 1334. En 1340 Alemania contaba con instalaciones para su fabricación.

HOY EN MEDELLÍN

Las noches del  7 y el 8 de diciembre, se reportaron en Medellín siete casos de lesionados con pólvora, la cifra más alta desde el 30 de noviembre.  

El acumulado de Antioquia, entre el 30 de noviembre y el 8 de diciembre es de 18 casos, incluidos los de Medellín, frente a 56 del mismo periodo del año pasado, una disminución del 68 por ciento.

En una rueda de prensa, Federico Gutiérrez, alcalde de Medellín, expresó: “Lo grave es que ocho son niños. El 72 por ciento de los quemados en Medellín son niños. La pregunta mía es dónde están los papás. Esos casos los hemos remitido al Instituto Nacional de Bienestar Familiar”.

No solo la pólvora es el factor de mayor peligro de quemadura en los niños. La primera causa son los accidentes en el hogar con líquidos hirvientes, seguidos de quemaduras por llama o electricidad. No usar por ningún motivo la pólvora y ser cuidadosos con la utilización de aceite caliente, serían las principales recomendaciones para vivir una Navidad feliz y en paz.

Por Carlos Ossa 
 
Como la mayoría de las cosas nocivas, surge con ribetes seductores, con una vestimenta de alto colorido, con semblanza de luces, con sugestivos matices visuales, no es otra identidad que doña pólvora. Hasta su asignación verbal es sonora,detonante como sus efectos. Se le atribuye a los chinos su descubrimiento y al resto del mundo su expansión dolorosa, irracional, asesina. Los estados, por no decir que los fundamentos de poder empezaron instaurándola como invitada especial de festividades, celebratorios y demás situaciones especiales en lo social. Y se les salió de manos, perdieron el control político y económico de sus devastadoras consecuencias.
Bástanos decir que el estado colombiano está encartado con semejante problema. Parece asunto coyuntural por aquello de que solo diciembre es el destinatario preciso de esta actividad. Pero este solo mes, envilece el resto de vida de muchos compatriotas. Pero está encartado por el manejo ambivalente de la moral frente al asunto. Quiere y no quiere acabarlo. De un lado lo jalona lo que se instaló como c ostumbre de pueblo, quemar pólvora los diciembres. Con la natilla y buñuelos y tamales era con los chorrillos de luces, la celebración completa. Pero la voracidad de los comerciantes de la desgracia humana no tiene límites. Y a los chorrillos y mariposas -en apariencia inofensivos- había que adicionarle las papeletas, los tacos y demás invenciones mortíferas que circulan al mayor y al detal de nuestro pueblo. Si las mascotas hablaran, su protesta social contra la pólvora sería masiva y cotidiana.
El otro lado del asunto para los logisladores es que la fiesta de la pólvora, terminó por convertirse en el infortunio supremo del pueblo, pueblo. Los quemados, cercenados desmembrados viven fluctuando en un sube y baja de las estadísticas que no son sino el registro de una verguenza nacional.
La gente no claudica por consejería sus costumbres. Urgen medidas más drásticas y efectivas para suprimir de tajo este encarte social. Hay que atacar el problema desde sus raices. Las polvorerías no son invisibles y es a ellas a quienes se debe confiscar sus productos. Hay que desanimar con imaginación y expulsar del subconciente colectivo esta insana costumbre, esta desatinada costumbre, esta demencial costumbre y suplirla por otra de verdad jubilosa, alegre, esplendorosa. Pellizquemos la imaginación.

Por Camilo Da Vinci

En las fiestas de Navidad, los seres humanos queremos estar más felices pero, al parecer, los animales detestan la Navidad y en especial la pólvora. En un caso particular, esta es la historia de Canela.

Canela era una perra de dos meses, de patas largas, pelo corto color café claro y con una inconfundible mancha negra en su oreja. Tomás, le había regalado esta mascota a su esposa, para llenar el vacío de no poder tener hijos. Su esposa Victoria, estaba feliz, pues se había enamorado de esta adorable perrita ya que según ella, Canela había llegado a esta casa en el momento preciso. Pasados los meses el amor de Victoria y Tomás crecía más y más. Canela les había hecho olvidar sus problemas de infertilidad.

El 30 de noviembre, la familia de Victoria y Tomás se reúnen en la casa, con motivo del cumpleaños de ella. A pocos minutos de ser las 12 de la noche, se inician los estallidos de “la alborada”. Canela, aturdida por la pólvora sale corriendo despavorida de la casa. Un cumpleaños que esta familia jamás olvidaría puesto que Canela había desaparecido. La mascota se había alejado mucho de su casa. Cuando se le pasó el susto intentó regresar, pero caminó en sentido contrario y terminó en un mundo desconocido y ruidoso: el centro de la ciudad. Durante días y noches corrió desesperadamente buscando a su familia, hasta que el cansancio detuvo su carrera por encontrar a su familia.

Pasados los días, Canela estaba flaca y le temía a cualquier ruido. No era la misma que había llegado a alegrar el hogar de esta familia. El 24 de diciembre, un día lluvioso, Tomas salió al centro de la ciudad para realizar las compras de la cena navideña. Agotado de realizar las compras, decide regresar a su casa. En el camino observa a un perro mojado y abandonado. Tomás decide acercarse para darle algo de comer. Este perro temeroso se acerca a Tomás y es ahí cuando él ve esa inconfundible mancha negra en su oreja, era su perra Canela. Él, alegre y cantando, regresa a su casa con su mascota. Victoria, al ver a Canela, salta de felicidad como no se le había visto en semanas. Para esta familia, esa nochebuena fue la mejor porque habían encontrado a su amada perra. Pero las buenas noticias no pararían de llegar. Como si Canela fuera un amuleto de buena suerte, ese día Victoria se entera que estaba en embarazo. El espíritu de la Navidad había invadido esta familia.

Desde ese diciembre, esta familia comparte las Navidades con su hijo Simón y con su adorada Canela. Aprendieron las precauciones y los perjuicios de la pólvora. Nunca quisieran que se repitieran esos tristes días cuando su mascota no estuvo en casa por culpa de la pólvora. 

Por Carlos E. López Castro


Como muchas del pasado, la familia Epifanía Giraldo era numerosa, liderada por los abuelos José y María. Alrededor de ellos giraba la alegría en la época de Navidad. Celebraban en la acera de una casa antigua y amplia, a donde todos llegaban, al antejardín donde José había sembrado un naranjo.

Un 24 de diciembre, todo estaba dispuesto para la llegada de la Navidad. En los escaparetes antiguos, se guardaban sigilosamente los traídos del Niño Dios que a las doce de la noche desempacaría la gran prole de nietos y bisnietos. En el antejardín, el naranjo de metro y medio de altura estaba engalanado con las luces de bombillos de colores y adornos de navidad. El abuelo José, tenía un secreto guardado, un aniversario que nadie en la familia sabía de qué se trataba. La antigua música decembrina, interpretada por Guillermo Buitrago sonaba sin parar en la radiola. De pronto, uno de los yernos de José sacó una inmensa papeleta. La puso en uno de los brazos del pequeño naranjo. Con un cigarrillo la encendió. Una gran explosión aturdió la alegría de la noche. El abuelo José fue el primero en llegar al lugar del estruendo. Al ver el pequeño naranjo partido en dos, gritó:

– ¡Hoy iba a celebrar los cinco años de haber sembrado mi naranjo! ¡Se acabó la alegría en esta casa!

En señal de duelo, apagó los breques de las luces de la casa para irse a dormir. La noche terminó oscura y lúgubre. Toda la familia salió para sus respectivas casas.

Desde ese día, durante las Navidades, el naranjo se negó a dar frutos, a pesar de que en el solar de esa casa antigua todos los árboles daban jugosas naranjas en época decembrina. Cada año, el 24 de diciembre, el naranjo desprendía un fuerte olor entre azufre y pólvora.

Todos los que en aquel entonces eran niños de esa prole, todos los niños del barrio, contaron durante años la historia del olor y el por qué el naranjo nunca dio frutos en Navidad.

Durante muchos años, todos los domingos de todas las semanas, cuando los abuelos José y María en su época de vejez salían al antejardín a disfrutar del sol dominical, repetían las mismas palabras:

–Este es el naranjo que nunca dio frutos en Navidad –decía el abuelo José, en tono lastimero–.

–Desde el 24 de diciembre que le prendieron pólvora –respondía María recordando el momento–.

 

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